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Desarrollo Profesional

La intuición, una facultad muy especial

06-07-2007

José Enebral Fernández

Nadie cuestiona que la intuición supone un complemento para nuestro conocimiento y nuestra inteligencia, un refuerzo al que no puede renunciar el directivo en sus funciones; pero el coach, entre otras valiosas ayudas, puede asistirlo para mejorar el autoconocimiento y distinguir la intuición genuina de otras señales concurrentes, como quizá deseos, prejuicios, conjeturas, temores, intereses, creencias o presunciones.

Nuestro perfil competencial se ve ciertamente enriquecido por la intuición: ésta nutre nuestra empatía, creatividad, perspicacia, prudencia, sagacidad, objetividad, perspectiva… Nos amparamos en la razón y lo seguiremos haciendo, pero lo cierto es que la intuición nos acompaña cada día en el trabajo; nos ayuda a advertir riesgos, a identificar oportunidades, a confiar o desconfiar, a percibir realidades ocultas, a comunicarnos, a reaccionar en ocasiones especiales, a fluir en la tarea, a encontrar soluciones innovadoras, etc.

Cuando la inteligencia consciente no resuelve, incubamos la contribución intuitiva, que también aparece de modo súbito o automático, si tiene algo importante que decirnos. Parece, en efecto, haber otra inteligencia, subyacente y más potente, que nos acompaña en la percepción de realidades, en las relaciones interpersonales, en la toma de decisiones, en la solución de problemas o en la orientación de esfuerzos; una inteligencia que aprovecha el saber inconscientemente atesorado. La intuición no viene a constituir una alternativa a la razón, pero sí un complemento valioso que ésta no debe desestimar: un complemento a cultivar.

El lector habrá tenido experiencias similares: una solución repentina a lo que llevaba tiempo intentando solucionar; una buena idea, quizá matutina, aplicable en su cometido; un sólido sentido de dirección, de camino por el que hacer avanzar su esfuerzo; un sentimiento de confianza (o desconfianza) hacia una persona, un asunto, un proyecto, una información…; una sensación visceral de advertencia sobre riesgos o peligros; una interesante abstracción o conexión, surgida súbitamente del estudio de una documentación; una epifanía anuente o reprobadora, o quizá reveladora sobre una inquietud que le desazonaba; una igualmente reveladora y oportuna interpretación o inferencia durante una conversación… Todo esto, y algunas más, son manifestaciones cotidianas de la intuición a las que no podemos ni debemos renunciar.

Sin embargo, no es intuición todo lo que reluce, y para identificarla debidamente hemos de familiarizarnos más con los fenómenos intuitivos; si no hasta el punto logrado, por ejemplo, por el legendario Masaru Ibuka, sí al menos lo suficiente para confiar más en ella. El propio Bill Gates lo confesaba abiertamente: “A menudo hay que fiarse de la intuición”. 

Aunque nuestra razón otorgue, asienta o consienta ante una manifestación intuitiva, es verdad que no siempre podemos explicar a otros, de modo racional, las actuaciones derivadas de nuestras intuiciones; pero eso no justifica la semiclandestinidad a que venimos condenando a esta singular facultad. Tal como las emociones se abrieron espacio en las organizaciones al final del siglo XX, ha llegado ya, en este panorama neosecular, el momento de la intuición genuina. Su contribución puede resultar decisiva en la emergente economía del conocimiento y la innovación.


Desarrollar la intuición

No podemos separar la intuición de otros elementos intrínsecos del individuo, tales como la intención y la atención, ni debemos olvidar que se trata de una facultad plural, tanto en el tipo de manifestaciones (imágenes, respuestas, sueños, sensaciones…) que genera, como en las fuentes de que se nutre, y en lo instantáneo o sostenido de sus mensajes. Su desarrollo pasa por un mayor autoconocimiento y una idónea comunicación con nosotros mismos, metas en cuya consecución un coach bien elegido puede ayudarnos; pero también pasa por el cultivo de la intención saludable y el gobierno de la atención.

Hay que insistir en que la auténtica intuición depende de nuestra propia autenticidad, y desde luego del despliegue de intenciones —digamos que trabaja para buen fin—; y que asimismo depende de la atención que dedicamos a cada reto, problema o situación. En realidad, quizá más que la inteligencia misma, es la gestión de la atención lo que más nos distingue a unos de otros. Evitando que el culto al ego, intereses e inquietudes particulares u otros elementos del entorno ocupen de forma desmedida nuestra conciencia, la autotélica involucración —mindfulness— en cada momento del desempeño cotidiano favorece la contribución intuitiva, y por ello la efectividad y aun la calidad de vida en el trabajo. No se trata de perder la perspectiva de medio o largo plazo, pero sí de conciliarla con el aquí y ahora.

Cada uno de nosotros, también sin ayuda ajena, puede avanzar en su plenitud de ser humano. Si en la década anterior advertimos la importancia de la inteligencia emocional, hoy debemos ser asimismo más conscientes del valor del inconsciente. Se dice que a veces nos comportamos de modo irracional, y en verdad el inconsciente puede generar conductas negativas (fruto de prejuicios, creencias, intereses, ansiedades…) y también positivas, mediante la fenomenología intuitiva; se trata de disminuir aquéllas e impulsar éstas en beneficio de la efectividad.

Para terminar esta breve reflexión, habría que subrayar la necesidad de conciliar la intuición y la razón sin perjuicio de ninguna de ellas y en beneficio de ambas. Aunque la intuición sea genuina, podemos —digámoslo así— haber formulado de modo erróneo o incompleto la pregunta al inconsciente, de modo que la razón ha de asumir su protagonismo de cara a la acción. Sí, en efecto cabe formular preguntas tanto a la conciencia como al inconsciente, y quizá nos estamos haciendo pocas preguntas a nosotros mismos: exijámonos más, que hay mucho dentro de nosotros. En definitiva:

1. Orientémonos al bien común y al principio ganar-ganar.
2. Tomemos perspectiva para mejor percibir las realidades.
3. Hagámonos más preguntas.
4. Optimicemos la gestión de la atención y la conciencia.
5. Profundicemos en los problemas.
6. Incubemos soluciones.
7. Interpretemos bien las señales interiores recibidas.
8. Distingamos bien la intuición de lo que no es intuición.
9. Conciliemos la intuición y la razón.
10. Exijámonos más.

Añadiría aquí, aunque no resulte necesario hacerlo, que la intuición no es exclusiva de directivos-líderes como tampoco lo es la inteligencia cognitiva ni emocional; todos, directivos y trabajadores de la economía del conocimiento y la innovación, en beneficio de nuestra profesionalidad, hemos de cultivar las facultades y fortalezas precisas, y entre ellas la intuición. Es algo así como no darse por satisfechos con el conocimiento consciente, y acceder a lo heredado y adquirido inconscientemente, por si hubiera ahí respuestas valiosas. Es muy probable que las haya porque de la mucha información que nos llega a través de los sentidos, sólo la punta del iceberg llega a la conciencia; el resto, como sabe bien el lector, se atesora en lo más profundo de nosotros.

José Enebral Fernández
Director de Contenidos
Alta Capacidad

Titulado en Ingeniería Industrial por la Politécnica de Madrid, José Enebral, nacido en Madrid en 1951, se ha dedicado siempre a la formación de personal técnico y directivo, de grandes empresas españolas y de otros países. Estuvo entre los primeros en dedicarse en España a la producción de sistemas de Enseñanza Asistida por Ordenador y Vídeo Interactivo (1987), siguió luego alternando la formación en aula con el e-learning, y abordando temas diversos en el desarrollo de directivos: competencias cognitivas y emocionales, calidad de vida en el trabajo, creatividad e innovación, intuición en la toma de decisiones, cultivo de valores corporativos, transformación cultural, liderazgo inter e intrapersonal, gestión del conocimiento, etc. Es conferenciante habitual en distintos foros, y columnista en diversos medios impresos y electrónicos.

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