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Management

Lecciones de innovación (primera parte)

31-08-2007

José Enebral Fernández

El concepto es sin duda amplio y multicontextual, y al hablar de innovación pensamos en diferentes cosas. En la actividad empresarial, unos apuntamos al avance de la tecnología, otros dirigimos la atención sobre las ayudas que la Administración ofrece a las iniciativas de investigación (I+D+I), hay asimismo quienes imaginamos a los profesionales generando nuevas ideas para impactar en el mercado con ventaja competitiva..., y también hay desde luego quienes visualizamos las propias novedades vividas en nuestro tiempo. Los ya maduros y al margen de la andadura profesional, hemos asistido a la llegada de los electrodomésticos, la compra con carrito, el pago con tarjeta, la energía nuclear, solar y eólica, los ordenadores personales, los teléfonos móviles...


Este articulista recuerda su infancia sin televisión ni calefacción, su veraniega tarea diaria de ir a comprar la barra de hielo que debía introducirse en la nevera, las camas con sommier y colchón de lana, los camiones que arrancaban a golpe de manivela, el impacto de la penicilina y las vacunas, la llegada del gas butano, la de los grandes ordenadores... En verdad se funden los conceptos de novedad valiosa y progreso, y al respecto las cosas parecen ir más rápido cada día, consecuencia de la globalización, de la “sociedad de la información”, del creciente flujo y valor del conocimiento, y de la facilidad para comunicarse.  

En la empresa, la innovación ha de apuntar, sí, a los procesos operativos, pero también y desde luego a los productos y servicios ofrecidos tras el inexcusable objetivo de incorporar al mercado novedades valiosas y atractivas. Estas novedades surgen a veces fruto de orquestados esfuerzos de investigación y desarrollo (I+D), pero también pueden tener su origen en el pensamiento penetrante, crítico, conectivo y creativo de algún individuo perspicaz; en el salto cuántico que puede suponer una idea certera, impulsada o no por alguna subvención o motivación extrínseca.

En 1997, leíamos en la revista Fortune: “La innovación es la característica singular que engrandece a las mejores compañías. Las compañías que saben cómo innovar no necesariamente invierten grandes sumas en investigación y desarrollo; en vez de ello, cultivan un nuevo estilo corporativo de conducta que admite nuevas ideas, cambios, riesgos e incluso errores”. Diez años después, el mensaje parece seguir vigente: los resultados pueden mostrarse espectaculares cuando nos dedicamos a pensar con penetración y esmero, y desplegamos conexiones y abstracciones valiosas.

Incluso cuando hablamos de innovaciones aparecidas como fruto de la casualidad —el velcro, el teflón, los rayos X, la penicilina, la aspirina, el Walkman, el caucho vulcanizado, el fonendoscopio, el horno de microondas y algunos edulcorantes, entre otros muchos ejemplos—, resulta evidente que se necesitó una mente sagaz e intuitiva que advirtiera las implicaciones, las posibilidades, las aplicaciones.

Hay, sí, historias especialmente significativas; experiencias interesantes que apuntan al elemento clave de la economía del conocimiento: la innovación. A menudo los medios económicos destacan nuestro suspenso en esta asignatura, pero, contando con la voluntad de hacerlo, ¿podemos aprender a innovar? Pensará el lector que primero tendríamos que aprender a aprender; que, antes de añadir novedad, habríamos de conocer bien lo ya existente... Pero sí: en busca del aprobado en esta asignatura, también podemos aprender a innovar, e incluso hacerlo de forma grata y efectiva, por ejemplo mediante el estudio de casos reales y aleccionadores.

¿Han analizado los perfiles de las personas más creativas? ¿Qué les parece, por ejemplo, la capacidad de abstracción que desplegó Genrich Altshuller en el conocido método TRIZ de solución creativa de problemas? ¿Recuerdan cómo descubrió Loewi el primer neurotransmisor, la acetilcolina, o cómo surgieron, por ejemplo, las vacunas? ¿Son ustedes conscientes del papel de la intuición, a veces también en forma de sueños reveladores, en numerosos avances técnicos y científicos? ¿Quién y cómo estableció la trayectoria elíptica de los planetas en torno al Sol? ¿Qué fuerza lleva a los científicos a elegir la hipótesis acertada?

En la gestión empresarial y como referencia, se utilizan casos de acierto (como el del Walkman de Sony) y desacierto (como el de la New Coke, de Coca Cola) de los que podemos aprender todos. En efecto, en la emergente economía del saber y el innovar, deberíamos tal vez dirigir más específicamente la búsqueda de referencias, ejemplos y casos aleccionadores hacia lo relacionado —“Lecciones de innovación”, hemos titulado estas páginas— con el avance del conocimiento en cada campo técnico y científico, es decir, hacia lo más unido a la inexcusable innovación en procesos, productos y servicios, en beneficio de la competitividad.


La narración de historias

Tendríamos que seleccionar con cuidado las referencias a analizar, y obtener de ellas todo el provecho posible. Nos gustaba, de niños, que nos contaran cuentos, y la escucha nos resultaba una actividad autotélica: no nos sentíamos obligados a aprender de modo consciente, pero nos divertíamos. Yo recuerdo todavía las historias que, en verano, nos contaba (hace casi 50 años) el religioso salesiano Antonio Sánchez Romo en el colegio de María Auxiliadora de Madrid. Ahora, adultos ya y profesionales obligados a aprender continuamente, podemos concentrar nuestra atención en un relato idóneo, pero necesitamos extraer conclusiones valiosas que nutran nuestro desarrollo y nos iluminen en el desempeño profesional.

Sin descartar el “entretenimiento oral para públicos selectos”, que así identifica su negocio una de las agencias de oradores y conferenciantes, yo hablaría asimismo de la necesidad de “adiestramiento oral para todos los públicos (interesados)”, y desde luego para “aprendedores permanentes”, que es lo que somos todos nosotros en la economía actual. La enseñanza acroamática es potente como método, pero el aprendizaje se extrae del contenido y, para éste, el método no parece mucho más que un soporte enriquecedor.

Por supuesto, al desplegar una experiencia aleccionadora, el storyteller puede, consciente o inconscientemente, reformular o sintetizar los hechos de modo que encajen mejor en el propósito perseguido; pero, si éste es recto y no espurio, la enseñanza se robustece. Más si, en un escenario idóneo (un seminario o workshop), el docente utiliza técnicas mayéuticas facilitadoras del aprendizaje.

Desde el plano discente, el del aprendedor permanente —lifelong learner—, creo que, al analizar historias curiosas y valiosas, todos hemos de hacerlo penetrando en los detalles más significativos y aleccionadores. Entre otros propósitos, por un lado podemos identificar las facultades y fortalezas que caracterizan al innovador en cada escenario profesional, y enfocar quizá mejor nuestros esfuerzos de desarrollo; y por otro lado, podemos tomar conciencia de cómo se relacionan o conectan los campos del saber, de cómo la experimentación acaba generando resultados, de cómo a menudo se han de vencer resistencias y se precisan idóneos apoyos, etcétera.


José Enebral Fernández
Director de Contenidos
Alta Capacidad

Titulado en Ingeniería Industrial por la Politécnica de Madrid, José Enebral, nacido en Madrid en 1951, se ha dedicado siempre a la formación de personal técnico y directivo, de grandes empresas españolas y de otros países. Estuvo entre los primeros en dedicarse en España a la producción de sistemas de Enseñanza Asistida por Ordenador y Vídeo Interactivo (1987), siguió luego alternando la formación en aula con el e-learning, y abordando temas diversos en el desarrollo de directivos: competencias cognitivas y emocionales, calidad de vida en el trabajo, creatividad e innovación, intuición en la toma de decisiones, cultivo de valores corporativos, transformación cultural, liderazgo inter e intrapersonal, gestión del conocimiento, etc. Es conferenciante habitual en distintos foros, y columnista en diversos medios impresos y electrónicos.

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