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La intuición, y otras variables cardinales del directivo (3º y última parte)

12-01-2007

José Enebral Fernández

Los fenómenos intuitivos

Al intentar aproximarnos a la intuición, algunos expertos nos lo facilitan: Jagdish Parikh, que estudió detenidamente el fenómeno entre los directivos, habla de “acceso a la reserva interna de pericia y experiencia acumulada durante años, y obtención de una respuesta, o de un impulso para hacer algo, o de una alternativa elegida entre varias, todo ello sin ser consciente de cómo se obtiene”; añadiendo cierta trascendencia, la consultora Arupa Tesolin nos dice que “más allá de la inteligencia emocional, yace la inteligencia intuitiva, estrechamente alineada con el sentido común; mientras la primera abarca un amplio campo de habilidades personales, la intuición implica a los más profundos niveles del autoconocimiento, que son alcanzados por los corazones y las almas”; la doctora Frances Vaughan contribuía a ampliar el horizonte: “La intuición nos permite recurrir a la enorme provisión de conocimientos de los que no somos conscientes, incluyendo no sólo todo lo que uno ha experimentado o aprendido intencionada o subliminalmente, sino también la reserva infinita del conocimiento universal, en la que se superan los límites del individuo”. Esta descripción nos recuerda que la intuición se nutre también del inconsciente colectivo de que hablaba Jung, e incluso parece abrir espacio a la teoría de la mente extendida de Rupert Sheldrake, que pondría en contacto nuestros pensamientos mediante los denominados campos morfogénicos.

Son ciertamente muchos los expertos que, con mayor o menor resonancia, se han ocupado del tema: Herbert Simon sostiene que la esencia de la intuición yace en una organización del conocimiento tácito que permita su rápida identificación y transformación en conocimiento explícito; Robert K. Cooper apunta que la honradez emocional favorece sensiblemente la intuición y que ésta, entre otros efectos, nutre la empatía; Einstein decía que “la intuición es lo único que realmente vale”; Daniel Goleman sostiene que “la sensibilidad intuitiva instantánea podría ser el vestigio de un primitivo y esencial sistema de alarma, cuya función consistía en advertirnos del peligro...”; y más recientemente Malcolm Gladwell nos viene a decir que vale tanto lo percibido mediante la intuición en un abrir y cerrar de ojos, como el resultado de meses de análisis racional (me quedo con ganas de matizar esto, pero luego hablaremos de la sinergia o sintonía entre intuición y razón).

Sin duda la intuición es más importante de lo que parece, pero, como el cerebro mismo, sigue siendo un misterio. Podríamos situar sus señales y su mecanismo funcional entre el sistema nervioso primitivo y el evolucionado, entre los pensamientos y los sentimientos, entre la habilidad y el don, entre lo individual y lo colectivo, entre lo consciente y lo inconsciente, entre nuestro viejo pasado y el futuro remoto, entre la veleidad y la ciencia… Resulta difícil, tal vez imposible, hacer una definición completa de la intuición, aunque podamos encontrar muchos comentarios sobre la misma:

* Se manifiesta típicamente mediante palabras, ideas, imágenes, sentimientos o sensaciones viscerales, no siempre bien definidas.
* Sus revelaciones pueden producirse en cualquier momento y también en forma de sueños; debemos estar atentos y preparados para reconocerlas e interpretarlas.
* Se presenta a menudo sin avisar, pero también puede ser llamada, y responder enseguida o tomarse algún tiempo.
* En su manifestación quizá más cotidiana, nos permite leer entre líneas y conocer los sentimientos de los demás, al margen de sus palabras.
* Es la que nos lleva a enamorarnos de repente (flechazo) de una determinada persona; pero también puede generarnos recelo o desconfianza hacia otras.
* Utiliza distintos niveles o vehículos para manifestarse, y quizá más de uno a la vez: el físico, el mental, el emocional y el espiritual.
* Es también diversa en el tiempo: una señal instantánea, una sensación durante un tiempo, un estado, un proceso continuo...
* Presenta fronteras indeterminadas: hay quien piensa, por ejemplo, que el apetito, además de una forma de estrés, es una intuición.
* Nos elige a nosotros —más que nosotros a ella—, pero eso no significa que no podamos facilitar el encuentro y recibir sus mensajes.
* Al elegirnos, parece seguir criterios de mérito y receptividad; como si ayudara más a los íntegros que a los corruptos, a los generosos que a los egoístas.
* Complementa al conocimiento, como la inteligencia emocional a la analítica, el empeño al propósito, o la integridad a la motivación.
* Interviene en los juicios que hacemos sobre los demás; esto es algo reconocido, que además sirve para evaluar nuestra habilidad intuitiva.
* Nos genera valiosas convicciones y oportunas dudas, ante cualquier nuevo proyecto o decisión estratégica,  y en general ante la existencia de alternativas. 
* Está detrás de muchos logros en materia de creatividad e innovación, y ha resultado clave en numerosos éxitos empresariales.
* Parece exigir, por decirlo así, que estemos en resonancia con el reto o problema a resolver; o sea, que lo hayamos comprendido bien.
* Es utilizada por los ejecutivos durante todas las fases de solución de los problemas: detección, definición, estudio de soluciones e implementación. 
* Permite presentir sucesos venideros (aunque no siempre los empresarios o directivos presuntamente visionarios lo son realmente).

Ya habré aburrido al lector, y eso que le he ahorrado buena parte de mi lista. Yo diría que estamos hablando de una inteligencia profunda, capaz de echarnos una mano, de darnos pistas, de guiarnos en todo aquello que, tras buen fin, no resuelve la inteligencia consciente. Recordemos al respecto el caso de la máquina de coser, que quizá fue la primera máquina que se introdujo en el ámbito doméstico.

Al parecer, tras algunos logros meritorios como el del francés Thimmonier, fue el americano Elias Howe quien patentó en 1846 una máquina de coser. Se había casado con una costurera, y estuvo obsesionado con la idea de crear una máquina que cosiera. Parece que la clave estaba en situar el orificio del hilo en la punta de la aguja y no en la cabeza, y se relata que esta idea le brotó tras un sueño que tuvo. Soñó, aunque se cuentan varias versiones, que estaba cautivo de unos salvajes y acosado con lanzas que tenían un agujero en la punta. Cuando despertó, enseguida vinculó este detalle con el problema que tenía encarado. La verdad es que fue más tarde Isaac Singer quien verdaderamente llegó a vender gran número de unidades de una versión mejorada del invento de Howe, pero esta historia viene a subrayar varias cosas:

* que la intuición existe para buen fin;
* que la inteligencia intuitiva llega donde no lo hace la consciente;
* que la penetración en los problemas favorece la conexión conciencia-inconsciente;
* que los sueños pueden proporcionar claves decisivas, y
* que la innovación es algo más que la creatividad.

Insistamos en que no se trata de una facultad que manejemos a nuestra voluntad, sino que es la propia intuición la que parece, en efecto, elegirnos a nosotros: debemos hacer lo posible por resultarle atractivos, y aprovechar, desde luego, su ayuda. ¿Qué podemos hacer al respecto?

El cultivo de la intuición

Por mera observación, y tal vez por interés en las dominancias cerebrales (pienso en el modelo de Herrmann), sabemos que, en nuestro entorno profesional, hay personas más intuitivas que otras; pero todos podemos mejorar en esto. Por si les añade algo que no hayan considerado suficientemente, ofrezco un dodecálogo a su consideración:

1. Orientarnos al bien común y el principio ganar-ganar.
2. Tomar perspectiva para percibir mejor las realidades.
3. Hacernos preguntas.
4. Optimar la gestión de la atención y la conciencia.
5. Profundizar en los problemas.
6. Incubar soluciones.
7. Interpretar y registrar las señales recibidas.
8. Distinguir la intuición de lo que no lo es.
9. Conciliar razón e intuición.
10. Actuar en consecuencia.
11. Tomar conciencia del proceso.
12. Exigirnos más.

Sobre todo esto hay mucho que decir. Orientarnos al bien común significa una apuesta por la integridad y la ética; lo de hacernos preguntas se refiere a... Sí, vale la pena detenerse en la formulación de preguntas. Tras una mejor sintonía con las realidades circundantes cabría preguntarse muchas cosas, pero, pensando sobre todo en aquéllas a cuya respuesta podría contribuir la intuición, y, como perfil, en un empresario de pequeña o mediana empresa:

* ¿Qué necesidades están surgiendo o van a surgir en mi sector o subsector?
* ¿Con qué problemas se enfrentan mis clientes?
* ¿Qué esperan de mí?
* ¿Dónde puedo encontrar nuevos clientes?
* ¿Distingo entre clientes y consumidores-usuarios?
* ¿Por qué se prefieren mis productos-servicios?
* ¿Qué otros productos-servicios puedo ofrecer?
* ¿Tengo una sólida ventaja sobre la competencia?
* ¿De qué o quién dependo?
* ¿Me estoy ocupando del futuro?
* ¿Hay suficiente sinergia funcional en mi entorno?
* ¿Valoro las iniciativas ajenas?
* ¿Puedo mejorar la satisfacción profesional a mi alrededor?
* ¿Debería hacer las cosas de otro modo?
* ¿Cómo puedo resolver este, o aquel, problema?
* ¿Abordo los problemas, o sus síntomas?
* ¿Hay intereses espurios a mi alrededor?
* ¿De verdad soy objetivo y realista?
* ¿Nos ven, a mí y a la empresa, como somos?
* ¿Qué ocupa mi atención y mi conciencia?

Si no hacemos preguntas a la intuición, será obviamente más difícil recibir respuestas de ella; pero, cuando aparece y una vez descifrada, interpretada, registrada, la señal intuitiva ha de someterse a la razón. En la práctica, ésta interviene en función de la circunstancia (en tiempo real, en cualquier momento inesperado tras una incubación...) y del tipo de intuición experimentada: una explicación de algo, una iniciativa, una sensación imprecisa, un juicio elaborado, una dirección marcada, una oportunidad desvelada... La razón ha de asentir, o al menos consentir, antes de avanzar en consecuencia; pero sobre todo ha de sancionar la autenticidad de la intuición, destapando deseos o intereses que hayan podido adulterarla: ya se ve la importancia del autoconocimiento y el autodomio.

Cabe aceptar que la intuición no nos engañe, pero admitamos que hemos podido confundir o malplantear la pregunta, la inquietud, el problema; de modo que la razón puede rechazar acertadamente el mensaje recibido. En el favorable caso de que podamos aprovecharlo, hay que recordar que la intuición resulta difícil de transmitir a otros (nuestro mundo empresarial parece rígidamente basado en argumentos racionales); lo mejor es que el intuitivo ostente autoridad para actuar y pueda ofrecer positivos resultados. Los directivos de grandes empresas parecen pensar que, para llevar adelante una iniciativa o idea audaz, lo mejor es que el jefe piense que se le ha ocurrido a él... Pero, como decía, creo que el camino que lleva desde la intuición hasta la actuación, depende de cada caso y no caben muchas generalizaciones; además, debo ir terminando.

Un mensaje final

Todo esto era para animarles a penetrar en los problemas, quizá al acostarse por la noche, y estar atentos a la aparición de soluciones, tal vez al despertar; a confiar, en suma, en la ayuda intuitiva. En la juventud, somos capaces de adquirir muchos conocimientos y habilidades en poco tiempo, y cosechamos títulos, diplomas y experiencias, pero puede que se nos escapen logros que, como el autoconocimiento, aparecen más tarde.
 
En la segunda edad y sin dejar de aprender, vamos aplicando mejor lo aprendido, consolidando la madurez emocional, haciendo importantes descubrimientos personales, tomando perspectiva, escuchando la voz interior de la conciencia y del inconsciente, relacionándonos mejor con los demás y con nosotros mismos. Creo que en esta etapa personal y profesional, para neutralizar la rutina o la fatiga psíquica, para encontrar nuevos alicientes, nuevas posibilidades, podemos aprovechar mejor la valiosa ayuda de la intuición: cultivémosla. Mejor dicho: facilitemos su catálisis, mediante la reflexión, el orden en la conciencia, la incubación...

Intenté dejar a mi audiencia, en las jornadas del Centro de Capacitación & Empresa de Buenos Aires, el mensaje de que nos evaluáramos todos en las cuatro variables desplegadas, con el doble propósito de avanzar en nuestra efectividad y competitividad, y de hacerlo también en la calidad de vida profesional, nuestra y de nuestro entorno. Ello nos puede conducir a alguna oportuna reconsideración sobre nosotros mismos.

José Enebral Fernández
Director de Contenidos
Alta Capacidad

Titulado en Ingeniería Industrial por la Politécnica de Madrid, José Enebral, nacido en Madrid en 1951, se ha dedicado siempre a la formación de personal técnico y directivo, de grandes empresas españolas y de otros países. Estuvo entre los primeros en dedicarse en España a la producción de sistemas de Enseñanza Asistida por Ordenador y Vídeo Interactivo (1987), siguió luego alternando la formación en aula con el e-learning, y abordando temas diversos en el desarrollo de directivos: competencias cognitivas y emocionales, calidad de vida en el trabajo, creatividad e innovación, intuición en la toma de decisiones, cultivo de valores corporativos, transformación cultural, liderazgo inter e intrapersonal, gestión del conocimiento, etc. Es conferenciante habitual en distintos foros, y columnista en diversos medios impresos y electrónicos.

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